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Elaboración y Tradición

Voz propia: las enólogas y bodegueras que están escribiendo el nuevo capítulo de Montilla-Moriles

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Voz propia: las enólogas y bodegueras que están escribiendo el nuevo capítulo de Montilla-Moriles

Hay un cambio que no se anuncia con comunicados de prensa ni con premios ruidosos. Se percibe, en cambio, en la textura de un fino que ha ganado precisión, en la etiqueta de una bodega familiar que lleva por primera vez el nombre de una mujer en la dirección técnica, en la decisión de prolongar una crianza que nadie se había atrevido a alargar. En Montilla-Moriles, ese cambio tiene rostro femenino —o, más exactamente, muchos rostros femeninos— y está transformando la denominación con una mezcla de rigor técnico, sensibilidad y valentía para cuestionar lo establecido.

Una industria que tardó en abrirse

La historia del vino cordobés, como la de casi todas las denominaciones de origen españolas con solera, estuvo durante generaciones protagonizada por hombres. Los mayordomos de bodega, los maestros catadores, los directores comerciales: el linaje del sector era mayoritariamente masculino, y las mujeres que participaban en él lo hacían con frecuencia en papeles secundarios o invisibles, aun cuando su trabajo resultara esencial para sostener las estructuras familiares que han dado forma a tantas bodegas de la comarca.

Esa realidad comenzó a mudar —lentamente al principio, con mayor determinación en las dos últimas décadas— cuando las escuelas de enología y las facultades de ciencias agrarias empezaron a recibir promociones con una presencia femenina cada vez más destacada. Las jóvenes que se formaron en Córdoba, en Madrid o en el extranjero regresaron a la tierra de la Pedro Ximénez y la Airén con titulaciones, con experiencias en otras regiones y, sobre todo, con la voluntad de aportar una mirada diferente.

El peso del conocimiento técnico

Una de las transformaciones más visibles ha sido la incorporación de enólogas con formación académica de alto nivel a bodegas que históricamente confiaban en el saber empírico transmitido de padres a hijos. Esa tensión entre tradición oral y conocimiento científico no siempre resultó sencilla, pero en la mayoría de los casos ha generado una síntesis valiosa: el respeto por los métodos consolidados —la crianza bajo velo de flor, el sistema de soleras y criaderas, la vendimia nocturna en los pagos de albariza— convive ahora con análisis microbiológicos más precisos, con protocolos de temperatura controlada y con una comprensión más profunda de las reacciones químicas que ocurren dentro de una bota de roble.

Enólogas como las que dirigen hoy algunas de las bodegas medianas de la denominación han demostrado que la innovación no implica ruptura. Sus finos y amontillados no renuncian al carácter oxidativo que define la zona, pero presentan una limpieza aromática y una coherencia de estilo que los ha hecho merecedores de reconocimiento en certámenes nacionales e internacionales. La combinación de sensibilidad organoléptica y rigor analítico es, en opinión de muchos profesionales del sector, una de sus aportaciones más relevantes.

Gestoras que redefinen el modelo de negocio

Más allá del laboratorio y la bodega, otras mujeres han asumido la dirección general de empresas familiares que llegaron a sus manos en momentos de transición generacional. Algunas de ellas heredaron estructuras centenarias con la presión de no defraudar un legado; otras emprendieron proyectos propios en un mercado que no siempre facilita el acceso a la financiación ni a las redes de distribución consolidadas.

Lo que distingue a muchas de estas gestoras no es únicamente su capacidad para sostener lo que existía, sino su disposición a reformularlo. Han apostado por el enoturismo cuando aún no era una tendencia dominante en la comarca. Han impulsado alianzas con restaurantes de alta cocina para colocar sus vinos en contextos gastronómicos donde Montilla-Moriles no tenía presencia habitual. Han desarrollado líneas de producto orientadas a mercados de exportación, con etiquetados diseñados para comunicar con eficacia la identidad de la denominación a consumidores que no conocen la diferencia entre un oloroso y un palo cortado.

Esta visión estratégica ha contribuido a modernizar la imagen de un territorio que, pese a la extraordinaria calidad de sus vinos, arrastraba durante años cierto déficit de proyección exterior.

La transmisión del conocimiento como legado

Otro aspecto que merece atención es el papel que muchas de estas profesionales desempeñan como mentoras y referentes para las generaciones que llegan. En un sector donde el aprendizaje ha sido siempre de naturaleza muy personal —el maestro que enseña al aprendiz a escuchar el vino, a leer el velo, a interpretar el color de una solera añeja—, la presencia de mujeres en posiciones de autoridad técnica y empresarial abre caminos que antes no existían para quienes se incorporan ahora al mundo del vino cordobés.

Algunas bodegas han impulsado programas de formación interna donde enólogas veteranas comparten su conocimiento con técnicos jóvenes de ambos sexos. Otras han participado activamente en iniciativas del Consejo Regulador orientadas a difundir las particularidades de la denominación, contribuyendo a construir un relato colectivo más rico y más plural.

Reconocimiento sin complacencia

Sería inexacto afirmar que la transformación está completa. Los datos del sector a nivel nacional siguen mostrando una subrepresentación de las mujeres en los puestos de mayor responsabilidad dentro de las empresas vitivinícolas, y Montilla-Moriles no es una excepción a esa tendencia general. Las brechas salariales, los obstáculos para conciliar la vida profesional con las exigencias de un trabajo que no entiende de horarios fijos, y la persistencia de ciertos prejuicios en algunos espacios del sector siguen siendo realidades que las propias protagonistas reconocen con franqueza.

Pero el avance es innegable, y quienes lo han protagonizado no lo reivindican como un logro de género en abstracto, sino como el resultado de un trabajo riguroso y sostenido que ha producido vinos mejores, bodegas más sólidas y una denominación con mayor capacidad para dialogar con el mundo.

Una denominación que se mira al espejo

Montilla-Moriles lleva siglos elaborando vinos que sorprenden a quien los descubre: complejos, singulares, forjados por un clima extremo y una variedad de uva que no necesita alcoholización para alcanzar graduaciones excepcionales. Esa singularidad requiere custodios a la altura, y las mujeres que hoy lideran parte de su elaboración y gestión han demostrado estar a esa altura con creces.

Su historia no es la de una conquista ajena a la tradición, sino la de una incorporación que enriquece lo que ya existía. El alma del vino andaluz, esa que late en cada copa de Pedro Ximénez o en cada sorbo de un fino de crianza pausada, tiene ahora también su voz femenina. Y esa voz, cada vez más clara y más escuchada, es parte esencial del futuro de la denominación.

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