Viñas que el tiempo olvidó: la recuperación de parcelas históricas como acto de memoria viva en Montilla-Moriles
Hay un tipo de silencio particular en un viñedo abandonado. No es el silencio del descanso invernal ni el de la vendimia terminada. Es el silencio de lo que fue y nadie reclamó, de las cepas que siguieron brotando cada primavera sin que nadie las podara, sin que nadie recogiera sus frutos, sin que nadie les preguntara nada. En las laderas de la sierra cordobesa, en los pagos olvidados de los municipios que conforman la denominación de origen Montilla-Moriles, ese silencio ha durado en algunos casos más de cuarenta años.
Pero algo está cambiando.
El abandono como herencia involuntaria
El éxodo rural de los años sesenta y setenta dejó una cicatriz profunda en la viticultura cordobesa. Muchas familias que habían cultivado viñas durante generaciones emigraron hacia las ciudades industriales del norte de España o hacia las zonas costeras en desarrollo. Sus tierras quedaron en manos de herederos que vivían lejos, que no tenían formación agrícola o que simplemente no encontraban rentabilidad en mantener unas parcelas pequeñas y de difícil mecanización.
Las viñas más accesibles y productivas sobrevivieron integradas en las grandes explotaciones o en las cooperativas. Las otras —las de los pagos empinados, las de las parcelas irregulares, las de los suelos más pobres— fueron simplemente olvidadas. Y sin embargo, en ese olvido se preservó algo que ninguna planificación agrícola hubiera podido diseñar: la diversidad genética, el equilibrio ecológico, la expresión pura de un suelo que nunca había conocido herbicidas ni abonos de síntesis.
Los exploradores del viñedo perdido
Juan Antonio Pérez lleva tres años recorriendo a pie los pagos históricos del municipio de Montemayor con un cuaderno de campo, un GPS y una cámara fotográfica. Viticultor de segunda generación reconvertido en lo que él mismo denomina «arqueólogo de viñedos», su trabajo consiste en localizar parcelas antiguas, identificar las variedades presentes, documentar el estado de las cepas y contactar con los propietarios o sus descendientes para explorar posibilidades de recuperación.
«La primera vez que entré en una de estas viñas abandonadas, me quedé paralizado», recuerda. «Había cepas con troncos del grosor de mi brazo, algunas con más de ochenta años según pude estimar después. Estaban completamente libres, sin podar en décadas, con una estructura caótica que ningún viticultor convencional aprobaría. Pero estaban vivas. Producían uvas. Uvas pequeñas, concentradas, con una complejidad que no he encontrado en ninguna viña joven».
La variedad más frecuente en estas parcelas históricas es, naturalmente, el Pedro Ximénez, la uva emblemática de la denominación. Pero los exploradores del viñedo perdido están encontrando también ejemplares de Lairén —la antigua Airén cordobesa—, de Baladí-Verdejo y, en algunos casos excepcionales, de variedades cuya identificación requiere análisis de ADN porque ni los propios viticultores saben ya cómo se llaman.
Qué hace diferente al vino de una viña centenaria
La singularidad enológica de las viñas viejas no es un mito ni una construcción de marketing. Tiene una explicación técnica sólida. Las cepas de gran edad han desarrollado sistemas radiculares profundos que acceden a capas del subsuelo inaccesibles para las viñas jóvenes, extrayendo minerales y agua de reserva que confieren a las uvas una complejidad de expresión imposible de replicar artificialmente. Además, la baja producción natural de estas cepas —que a menudo no supera el kilo de uva por planta— concentra los aromas y los compuestos de calidad de manera exponencial.
Entre los enólogos de Montilla-Moriles que han tenido acceso a uvas procedentes de estas parcelas recuperadas, la reacción es consistente: los mostos son diferentes desde el primer análisis. Más concentrados, más complejos en su perfil fenólico, con acideces y estructuras que no corresponden exactamente a lo que se espera de la variedad según los manuales.
La enóloga Rocío Fernández, que elaboró su primera partida procedente de una viña de setenta años recuperada en el pago de Las Cañadas, describe la experiencia con precisión: «El mosto tenía una densidad y un color que no había visto antes en Pedro Ximénez de la zona. Lo fermentamos con levaduras autóctonas, sin correcciones, y el resultado fue un vino que no se parecía a nada que hubiéramos elaborado anteriormente. Era como si el suelo hablara directamente, sin intermediarios».
Documentar para no olvidar de nuevo
La recuperación de estos viñedos no puede limitarse al aspecto agronómico o enológico. Varios de los proyectos más serios que se están desarrollando en la denominación incorporan una dimensión documental sistemática: fotografías, mapas detallados de cada parcela, entrevistas con los propietarios o con personas mayores del municipio que recuerdan cómo se trabajaban esas tierras, registro de las variedades mediante análisis genético y elaboración de un archivo histórico que preserve la memoria de cada espacio.
Esta dimensión archivística es fundamental por una razón práctica: sin documentación, el riesgo de que la historia se pierda de nuevo es real. Si el viticultor que recuperó la parcela abandona el proyecto por cualquier motivo, el conocimiento acumulado debe quedar registrado para que quien venga después pueda continuar desde donde el anterior se detuvo.
El Consejo Regulador de la denominación ha mostrado interés en sistematizar estos esfuerzos individuales en un programa de catalogación oficial. La iniciativa, todavía en fase de planificación, podría convertirse en el primer inventario completo de viñedos históricos de Montilla-Moriles, un recurso invaluable tanto para la investigación agronómica como para la preservación del patrimonio cultural de la región.
El vino como testimonio arqueológico
Hay algo profundamente simbólico en la idea de que una cepa plantada por un agricultor que ya no existe siga produciendo uvas que, hoy, se convierten en un vino que alguien en Madrid o en Barcelona bebe sin saber exactamente la historia que sostiene esa botella. Los proyectos de recuperación de viñedos históricos de Montilla-Moriles están trabajando precisamente para que esa historia sea visible, para que el vino no sea solo un producto sino también un documento.
Cada botella que procede de una parcela recuperada lleva inscrita, aunque no siempre de manera explícita en la etiqueta, décadas de resistencia biológica, capas de historia agraria, la memoria de una familia que un día se marchó sin saber que sus cepas seguirían brotando sin ellos.
Recuperar esas viñas no es solo un acto agronómico. Es, en el sentido más preciso del término, un acto de justicia con el territorio.